Colección pequeños y grandes traumas: el convento

5 Nov

Foto de curso ¿92?

A raíz de la respuesta que me refirió un roedor amigo, decidí proseguir con la narración de traumas infantiles varios. Para cerrar la otra historia  escolar, les cuento que al profesor bueno pa’ la talla lo echaron porque le pego una cachetada “en broma” a un alumno de otro colegio en Pirque y al alumno no le hizo gracia.

Corría marzo de 1990 y digo corría por la celeridad de esos tiempos, habíamos pasado de la guerra del SI y el NO (para más detalles ver NO, la película), después llegaba la alegría pero parece que se arrepintió. Independiente de la challa, los niños igual teníamos que ir al colegio. Y justo ese mes, a último minuto, me trasladaron al María Auxiliadora de La Cisterna, hermano pobre (flaite) del otro de Av. Matta. Me alistaba a volver a mi colegio roñoso, claro que mis planes no tenían preocupados a mis padres, que sin comentarme hicieron no sé que movida con mi tío inspector del ministerio y me consiguieron un cupo en el convento. Esto justo un día antes del comienzo oficial de clases, al inicio de la década que vio crecer al indie rock.

Día 1. El lugar era intimidante, una casona antigua, fortificada con alambres de puas y rejas, a prueba de escapes. Padre me acompaña. Hablan con la monja jefe. Voy al 7°A. La sala funcionó antes como una de las habitaciones del convento, una construcción de madera, que un par de años después fue demolida. Los largos salones, terminaban en un salón más pequeño donde guardábamos los útiles de aseo, que luego tenían un corredor final que comunicaba con la otra sala y donde sólo entraba la monja. Después me contaron que estas salas eran el lugar predilecto de las alumnas para jugar a la huija y hacer espiritismo con un cuaderno y una tijera. Hasta invocaban a Jim Morrison.

Sor Teresa era una de esas religiosas antiguas, 300 años por lo bajo. Usaba un cubre pelo blanco como de la inquisición, que le hacía lucir sus múltiples arrugas y un gran lunar de carne en la mejilla. No le gusté de entrada. Me pidió que alargara el jumper y después hasta me amenazaría “en broma” con bajarme de curso (porque estaba un año adelantada).

Volvamos al día 1. Estaba odiando esta nueva situación y a la profe no se le ocurre nada peor que hacer que nos presentemos. No tenía nada que contar, ninguna afición. Tuve un pensamiento extraño. Si no me adaptaba, tal vez podría volver a la comodidad de mi escuela mixta. “Soy Cristina y mi hobbie es sacarme puros 6 y 7”. Con eso logré que me odiaran. Lo que no funcionó fue mi teoría de lograr un fácil escape del convento, sus reglas y sus monjas jefes.

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