Más del Paine

10 Nov

Los cantos de las aves acarician mis músculos doloridos. El 26 de septiembre del 2011 fue un día único. El sol calentaba y los vientos se guardaron para salir otro día. Subimos al mirador del Cóndor y Gino me tomó esa foto posada tomando el sol que publiqué en la primera parte de este capítulo.

Me habían dicho que no tendríamos más de cuatro días como ese en la temporada, así que lo aproveché al máximo. Hacía tanto calor que entré al río Paine, que pasaba justo detrás de nuestra casa, y salté de vuelta a tierra lo más rápido que pude.

Ese día caliente y calmo al comienzo de la primavera fue el primer indicio de un verano seco, de inusuales altas temperaturas y vientos traicioneros, que saldrían sólo una vez iniciado el incendio masivo a fines de diciembre.

Horas antes que encendiera, salí agotada rumbo a Santiago. Cuando leí la noticia pensé que lo controlarían, pero me equivoqué. Cuando el turista prendió la mecha, los guardas negligentes hicieron todo mal y el viento salió de su escondite para soplar como nunca en toda la temporada. De ahí, el caos. Me enteraba a pedazos por las noticias que me daban mis amigos evacuados desde Puerto Natales y las noticias que iban tiñendo de rojo un paño cada vez más grande en el mapa del parque.

No quería volver. Pensar en los senderos verdes escondidos entre Paine Grande y el valle del Francés arrasados me daba rabia. Como para el último terremoto, que preferí no ver, escuchar, ni sentir, insensible a la desgracia de Chile. Sobre todo insensible a la palabrería y a la lágrima fácil promovida por los noticieros en todos sus formatos.

Al mes reabrieron el parque, aunque todavía se veían fumarolas cerca de la estancia El Lazo. Después los de SNPS le dieron el palo al gato con sus ñirres y la campaña del año: planta un arbolito en el parque. Corte y las marcas donando árboles por miles, las transnacionales blanqueando su imagen y los pobres cristianos dando sus dos lucas por un árbol que no sabemos si se va a afirmar o no, si el viento lo dejará vivir, si realmente Google Earth mostrará realmente tu arbolito el próximo año o si la página de Reforestemos Patagonia te llevará al error 404.

Volver a pisar cenizas donde hubo árboles fue difícil, aunque el parque todavía tenía mucho que ofrecer. Y el fuego me dio otro motivo para seguir reclamando. Como me dice el kine que atendió mi muñeca, si no hubiera reclamado por atenderme cada vez 20 minutos tarde, él no llegaría tarde. Claro, el problema es mi pensamiento negativo. ¡Partiste!, de vuelta a leer “El secreto”. Na… mejor me acuerdo de cuando caminaba a tomar la micro a la vuelta del colegio, mirando el piso y todas las asquerosidades que se pegaban a él.

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