El día que encendí la cocina

12 Feb

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Dibujo dedicado a Iga y Ro. También se agradece la colaboración de los primos Karen, Paz y César.

No fue taaan así. Estábamos de vacaciones del cole, dos de mis hermanos y yo (el más chico no pensaba nacer todavía y la mayor estaba en su gira de estudios). Como a las 11 de la mañana decidí poner a calentar un tarro de Nescafé de esos chiquiturris que tenía relleno con cera para depilar y dejar de parecerme a los autorretratos de la ídola Frida Kahlo. Lo dejé y fui a la pieza de mis padres donde acostumbrábamos pasar la mañana viendo tele, echados en la cama matrimonial. Ese día veíamos “Rugrats”, que aquí se llama “Aventuras en pañales”, y daban un capítulo tras otro. Era un 21 de diciembre, lo recuerdo porque era el cumple número 9 de mi hermano Igario (aka Ignacio) y habíamos invitado a los primos para celebrar mojándonos en la pelo-pincho familiar (piscina plástica). En algún momento dieron comerciales y nos pareció el momento justo para ir por algo de comer.

Nos paramos los tres juntos y me adelanté para abrir la puerta. En ese preciso segundo quedé sin aire: C-O-L-A-P-S-O. Nube de humo, paredes teñidas de negro, con algo como telarañas negras en los extremos, lo más cercano que he visto al infierno. No habían llamas, así que apagué el gas y vi una mancha café en un costado del mueble, que por milagro no prendió. Gracias melamina.
“¡Me van a matar!”, gemí y lloré pensando en el reto que me esperaba. Ignacio y Ro me vieron tan afligida que por primera vez en sus vidas tomaron voluntariamente esponjas y paños para ayudarme a limpiar. Las paredes estaban cubiertas por una pegajosa capa de hollín  La ceniza plástica también había cubierto la vajilla y los alimentos de la despensa. Hicimos una mezcla de detergente, cloro y todo los líquidos de limpieza que encontramos. Después de dos pasadas, los muros todavía se veían gris oscuro. Llegaron los invitados y se sumaron también a la cruzada por arreglar el cagazo del año. Entremedio llamó la Pati contando que la habían retado por salir sin permiso durante la gira de estudios. Por lo menos, no sería la única sermoneada.

Finalmente, logramos que el color original de las paredes se convirtiera en un blanco invierno grisáceo y nos fuimos a descansar. Llegaron mis padres y en vez de los gritos que  esperaba, se alegraron porque nadie salió herido y no quemé la casa completa. Quizás fue porque era cumpleaños de Igario, la cosa es que ¡fiiuuu! salvé y a pesar del arduo trabajo conjunto del batallón antihollín seguimos sacando bolsas de azúcar y vasos manchados durante varios meses.

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