El secreto de Ani Nii Shobo

13 Apr

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Es un lugar al que no se llega por casualidad, sino más bien por destino. Tuve deseos de conocerlo apenas me enteré de su existencia y pasaron casi dos años hasta que lo logré.

Ani Nii Shobo es lengua shipibo y significa “la gran casa de la selva”. Los Shipibo son los nativos de San Francisco, pueblo situado en el borde occidental de la laguna Yarinacocha, por cuyas aguas se puede llegar al Río Ucayali, uno de los alimentadores del Amazonas. El español es su segunda lengua por lo que no es tan fácil darse a entender, especialmente cuando los interrogas porque siempre responden algo distinto a lo que les has preguntado. Se me ocurría que en su idioma no existe la interrogación. Hablan con afirmaciones cortas y se ríen bastante. Tienen una mirada picarona que nunca sabes si te están diciendo la verdad o están jugando.

De Santiago a la locura vial de Lima y de ahí a Pucallpa, la ciudad sin orden y copada de motocarros. Ya estamos al borde de Yarinacocha, nos subimos a un bote de madera con un motor fuera de borda, los llaman peque-peques por el ruido que hace durante todo el viaje. Me golpeo la cabeza con el techo, somos casi los últimos en subir. Dos segundos después de partir regresamos a buscar a alguien que quedó fuera. Son dos niños que están comiendo juanes -arroz especiado con un poco de pollo envuelto en hojas de una planta que se llama pico de loro- y un revoltijo de tallarines con algo frito. Comen con las manos. Atrás una madre amamanta a su hijo. A mis pies, cuatro patos recién nacidos, se acurrucan y lanzan alaridos desde una caja.

El ruido del peque-peque nos ensordece e hipnotiza, varios botes similares pasan a nuestro lado, atiborrados de gente y carga, a punto de hundirse. Una hormiga pequeña de cabeza amarilla se me sube al papel. Miro las casas del borde, rodeadas de bosque, plantaciones de camu-camu, bananos y cañas en flor. Botellas de Coca-Cola flotan sosteniendo las redes de los pescadores, mientras un par de martines pescadores surca las nubes de algodón.

Llegamos al pequeño muelle de San Francisco y ocho niños shipibo saltan al bote, tan rápido que uno se cae y rebota, provocando la risa de todos. Al instante comienzan a repetir una frase en shipibo, quieren ayudar a descargar y ganar una propina. A nosotros nos dicen “para dónde, para dónde”. Cargamos nuestras mochilas pequeñas y los niños nos siguen por un camino arcilloso, hasta nos cantan en shipibo para conseguir unos soles.

Llegamos a buscar al chamán a su casa y nos recibe Amador, él trabajó construyendo las cabañas de Ani Nii Shobo y conoce muy bien a Samuel que fue uno de los arquitectos. Mientras esperamos a Roger, nos pone al día de todo lo que ha sucedido en el lodge, especialmente se divierte contando la historia de Sánchez, el chileno ex-administrador que se dedicó a las mujeres y terminó estafando a los dueños.

El Chamán

Roger es el chamán de Ani Nii Shobo. Proviene de una larga casta de chamanes y aprendió el oficio de su abuelo. Como otros shipibo, tiene dentadura dorada y una sonrisa amable, lleva una camisa estampada y shorts.

Warren se reía porque pensó durante todo el viaje cómo se vería un chamán y nunca se imaginó que se vería como todos los demás. Nos llevó en su camioneta por los caminos blandos por la lluvia del día anterior.

Nos contó que ha recibido varias invitaciones para dar charlas en distintos países. Hasta de una universidad gringa lo quieren. La cosa es que hay que saber con quién vas, explica. “Ya no tengo ansiedad por viajar. Así que voy a esperar que el viento sabio me diga dónde ir”.

 Continuará…

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