Primer día de colegio

13 Mar

metromanquehue1

Suena la alarma de cierre de puertas del metro. Tomo una última bocanada de aire. Sé que no podré mantener la apnea hasta la próxima estación. No pretendo ahogarme por dos minutos, pero mi intención es mantener el impulso.

Sólo seis estaciones más. Hago equilibrio afirmada en la espalda de un desconocido. Se abren las puertas y bajan unos cuantos a la fuerza. Mi mochila queda atrapada entre las piernas de los que me atropellan. La recupero de un tirón y vuelvo a respirar profundo. Tengo mis audífonos y música para protegerme. 

Bajo en Manquehue y sigo la procesión. Somos un rebaño muy ordenado que hace fila para la escalera mecánica. Subo por la alternativa, cuento 101 escalones y siento que al menos hago ejercicio.

Parecemos un ejército de hormigas. Pronto recuperaré a mi renovada Dulcinea, que está en un proceso de mantención y embellecimiento extremo, y podré pedalear furiosa entre los oficinistas adormilados. En una esquina de Rosario Norte y me entregan un folleto explicativo sobre el nuevo cruce en diagonal, también conocido como “solución Tokio”. Prefiero cruzar entre los autos y con luz roja. Al menos, eso me queda de rebeldía.

La secretaria dice “es tu primer día de colegio” y me entrega un cuaderno universitario, lápices negro, rojo y azul, un mouse y dos destacadores. Es marzo otra vez y estoy sentada en el último puesto de un curso de 44, todas las caras son nuevas. Mi corazón oscila entre la resistencia al cambio y la alegría por este nuevo trabajo.
Estoy en Sanhattan y esta vez no como turista. Ahora soy una yuppie más, aunque sea una renegada. Son más de las doce y si fuera Cenicienta estaría en problemas, pero mi personaje está en una fiesta distinta. Una donde la protagonista no va a la fiesta a encontrarse con un príncipe, sino a dejar los pies en la pista de baile, celebrando que todavía queda mucho por conocer, probar y escribir.

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